En tu vida pasada fuisteEl gato del faraón
Te adoraban como a un dios, y tú, a lo tuyo: la siesta
En los palacios del antiguo Egipto eras un gato venerado como un dios. ¿Hacías algo en concreto? No. Simplemente te sentabas en el mejor rincón al sol y observabas cómo los humanos te adoraban por voluntad propia. Eso sí: en cuanto ponías la más mínima cara de fastidio, todo el palacio entraba en pánico… aunque de eso nadie quiere hablar. Parecía que no hacías nada, pero con tu sola presencia lo tenías todo bajo control.
- Observas con elegancia y te mueves lo justo
- Con una sola mirada cambias el ambiente de la sala
- Tienes un don para librarte de las tareas
Consejo para esta vida — Hasta los dioses ganan respeto cuando se dejan ver en persona de vez en cuando.